Pocos escritores conocidos por mí, y han sido muchos a lo largo de las últimas décadas, tan seductores como Carlos Fuentes. Sabía de todo y hablaba de todo con una perfección milimétrica. Era un gran autor pero también un orador excepcional. Como un experto funambulista, pasaba de un tema a otro, fuera este literario, musical, cinematográfico, político o de la propia vida cotidiana. Su amor a España le venía de sus maestros del exilio republicano y del magisterio de Alfonso Reyes. El escritor mexicano había vuelto a recuperar las raíces hispánicas para la cultura de nuestros países hermanos, que habían mirado, desde la independencia, fundamentalmente a París. Reyes releyó a Góngora y a nuestros clásicos comunes y preparó el camino para lo que sería la edad de oro de la literatura hispanoamericana. Una literatura con voz propia, con imaginación propia y una influencia revolucionaria en la manera moderna de contar. Todo este desarrollo venía acompasado por una lengua común, el español, que no ha parado de crecer y desarrollarse, también gracias a la capacidad creadora de autores como Fuentes.
Libros, cuadros y algún gato
Carlos Fuentesdeslumbrado por Buñuel y por María Zambrano. Del primero escuché de su propia boca cientos de historias geniales. Luego visité aquella última casa del cineasta (para salvarla de su destrucción). Según Fuentes, estaba tan despojada como un monasterio. El dormitorio era aún más monacal: un lecho duro, sin colchón. Más humilde era la deMaría Zambrano en la madrileña calle de Antonio Maura. Acompañé a Carlos a visitarla. Con nosotros venía su joven hijo Carlos, magnífico poeta y fotógrafo, que no paró de retratar el espacio de aquella vida enclaustrada: María rodeada de libros y unos cuantos cuadros de amigos, algún gato y su fiel primo, que, a pesar de sus propias discapacidades, la cuidó siempre.
Con paso rápido
Veo a Carlos, a su esposa Silvia, a sus hijos Natacha y Carlos sentados en el comedor del Hotel Palace de Madrid, el día anterior a la entrega del Cervantes. Una familia perfecta que, pocos años después, se desintegraría cruelmente. Carlos, muerto en plena juventud. Su padre, reuniendo sus poemas, que publicó Seix Barral, y él y yo mismo, con la ayuda de Silvia, inconsolable, recuperando las fotos y los cuadros para la exposición del Círculo de Bellas Artes. Luego, la también joven Natacha, desaparecida como el personaje más trágico de Las Troyanas. Alta, esbelta, guapísima, atravesando la vida con paso rápido. Dos golpes mortales para el corazón de su padre. Y Silvia tratando de no olvidar las voces de sus hijos.
Una comida oficial
Recuerdo a Carlos en Rosario, en el Congreso de la Lengua, y en el siguiente, en Cartagena de Indias. Estaba tan indignado por la tardanza de los Kirchner que gritó: «¡Esto no lo hubiera hecho ni Atahualpa!». Durante tres horas hicieron esperar el presidente de Argentina y su esposa a los Reyes de España y a las autoridades de ambos países. El teatro Cervantes estaba repleto de gente –allí estaba Ernesto Sábato– que no podía entrar ni salir por problemas de seguridad. Cuando llegó, Kirchner no se disculpó. Ella, que era la presidenta del Congreso, tampoco.
Recuerdo a Carlos en su casa de México, en Londres, en París, en Roma, y tantas y tantas veces en Madrid, charlando sin parar. Escucho su voz, recuerdo sus gestos teatrales. Todo esto he perdido de un gran maestro y de un gran amigo del que, sin embargo, tengo la suerte de seguir cerca mientras leo sus obras inmortales.
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